—¡Oh, yo tengo medios para salvarla, si pudiese llegar hasta ella! —exclamó el conde con tanta confianza que la joven reina se levantó involuntariamente.
—¡Oh! —murmuró—: ¡si ella quisiera seguirnos, yo la salvaría también, como a mi querida hermana, y la haría feliz!
Y luego añadió como asaltada por una idea repentina:
—¿Vamos a verla, conde?
—¡A verla! ¿Olvida V. A. que va a amanecer, y que dentro de algunos instantes vendrá a buscarme el confesor?
—No, todavía no: tenemos aún hora y media... mirad —añadió—, mirad, esa puerta de tablas desunidas... debe comunicar con una escalera que da al jardín... una vez allí, la salida es segura, porque yo tengo una llave... vamos, vamos a salvar a esa desdichada.
Y la reina se quitó su toca de encajes, que retorció haciéndola una mecha y humedeciéndola en el aceite de la lámpara; luego la encendió y se arrodilló a los pies del conde, prendiendo fuego a la gruesa cuerda que los sujetaba y que sus delicadas manos jamás hubieran podido desatar.
Cuando los pies del anciano quedaron libres, hizo lo mismo con las manos, sirviéndole de mecha la cuerda que acababa de romper.
—Ea —dijo apartando de su frente los profusos bucles de su rubia cabellera, que había quedado libre de toda sujeción, y echando sobre los hombros su recamado manto—. Vamos, conde; vos, que tenéis mucha fuerza, quitad uno de esos tablones... no perdamos tiempo.
—¡Bendito seas, ángel de Dios! —exclamó don Álvaro, besando las manos de la reina.