—¡Oh, qué horrible misterio! —murmuró la reina pasando sus manos por la abrasada frente; y luego añadió en voz alta:
—¿Dónde conoció a su hermana?
—En Burgos, y desde entonces la amó con locura.
—¿Y a su hermano?
—Don Sancho pasaba por don Fernando Garcés, mi hijo.
—¿Dónde está la infanta?
—En la que fue mi casa, que ahora está guardada por los soldados del rey.
—¿Luego esa desdichada —dijo la reina con espanto— está en poder de don Enrique?
—¡Sí! —exclamó el conde, retorciendo con delirante dolor sus manos atadas—. ¡Sí, está en poder de don Enrique, sin que nadie más que yo pueda librarla de él! Y yo... yo estoy aquí atado... yo voy a morir dentro de pocas horas... ¡Oh, si yo pudiese abandonar durante algunos instantes esta prisión!...
—Pero, ¿qué podríais hacer, desdichado anciano? —repuso doña Juana, por cuyas blancas mejillas se deslizaban gruesas lágrimas.