El anciano levantó la cabeza y se puso en pie, reconociéndola al momento.
—¡V. A. aquí! —dijo cediendo a la reina el grosero asiento que acababa de dejar, con la misma grave cortesía que si estuviera en uno de los salones de su magnífico palacio.
—Vengo de parte de... de un joven, que han traído al alcázar hace media hora, mal herido y en calidad de preso —dijo la reina aceptando el asiento, porque sentía que no podía sostenerse.
—¡De parte del infante! —exclamó don Álvaro con indecible alegría—. ¡Conque vive!
—¡Del infante! —repitió la reina llevándose ambas manos a la frente, porque sentía desvanecerse su cabeza con tantas emociones—. Pero, ¡Dios mío!, ¿quiénes son esos infantes, a quienes yo no conozco, y quién sois vos?
—Yo, señora, soy don Álvaro Garcés, conde de Carrión, y el segundo padre de los dos jóvenes que habéis visto esta noche, herido y preso el uno, y la otra maltratada y casi demente: en cuanto a ellos, son hermanos de don Enrique.
—¡Hermanos de mi esposo!...
—¡Sí! —repitió el anciano, cuya calva frente se enrojeció de ira—. ¡Hermanos de don Enrique; hijos, como él, de Alonso XI y de Leonor de Guzmán! ¡Hermanos desdichados, a quienes no quiere reconocer!... ¡Dos infelices criaturas que han vivido bajo mi amparo, para que pierdan la vida el uno, y la otra, además, la honra, que es mil veces peor! ¡Honra y vidas, que con tantos afanes conservé! ¡Es posible que habéis de perecer ahora por ese ingrato a quien tanto he amado, y por quien derramé mi sangre en cien combates!
—¿No sabe el rey que son sus hermanos?
—No quiere creerlo, señora, porque hasta hoy no lo había sospechado siquiera, y porque yo no tengo otra seguridad que darle que mi palabra.