—Sí.
—¡Oh, por Dios, señora mía! —exclamó el leal capitán con acento suplicante—. ¡Por Dios, no haga V. A. tal cosa!
—No temáis por mí, don García —dijo la reina con dulce sonrisa—; nada debemos temer cuando ejecutamos una buena acción.
Doña Juana entró en el calabozo, y cerró tras sí la puerta.
VI
Una pequeña lámpara de hierro daba a la prisión una débil claridad, más fúnebre y aterradora que la oscuridad más completa: las columnas de piedra, que sostenían la bóveda, asemejábanse a otros tantos colosales fantasmas de negras y horribles formas; la tenue luz estaba colocada ante una imagen del crucificado fija en la pared y al alcance de la vista de don Álvaro, y una pequeña mesa, situada debajo y cubierta con un paño blanco, indicaba que en breve iba a recibir el preso los sagrados sacramentos de la confesión y comunión.
El valeroso conde estaba sentado en un escaño de madera, único asiento que allí había, y fuertemente maniatado; sus manos, sujetas con gruesos cordeles, no podían moverse, y su cana y venerable cabeza, abierta por la maza del feroz soldado, estaba vendada con un paño blanco, que salpicaban anchas gotas de sangre.
Absorto en amargas meditaciones, o tal vez orando, ni siquiera se apercibió de la entrada de la reina; su cabeza permaneció inclinada sobre el pecho, y sus ojos fijos e inmóviles.
Doña Juana se adelantó silenciosamente: al ver a aquel anciano venerable, conmoviose hondamente su joven y tierno corazón y el llanto se agolpó a sus ojos.
—¡Señor! —dijo con tanto respeto que era imposible reconocer en su acento la voz de la mujer altiva que pocas horas antes había mandado quitar a la infanta de su presencia.