—Si le salváis, don Mendo, os haré pesar en oro, —dijo al salir.

Inclinose el médico sin contestar, y la reina salió del aposento.

—Id a decir al capitán de ballesteros que le aguardo en mi cámara —dijo al pasar por delante de los soldados.

Dos de ellos salieron presurosos, y la reina se dirigió a sus habitaciones, llegando casi al mismo tiempo que ella el capitán.

—¿Tenéis las llaves de las prisiones, don García? —preguntó doña Juana.

—Sí, señora.

—De orden del rey, venid a abrirme la que acaba de ocuparse.

Salió el capitán y poco después volvió a buscar a la reina: una escolta de diez ballesteros les esperaba a la puerta, y bajaron inmediatamente la escalera.

—Esperadme aquí fuera, don García —dijo la reina, abierta ya la puerta del calabozo—, y quedad todos al alcance de mi voz.

—¿Pues qué, señora, va a quedar sola vuestra alteza con un reo, condenado a sufrir la última pena dentro de algunas horas?