—¡Sí... sí lo hay! haced un esfuerzo, conde —exclamó la reina—. ¿Ese hombre es vuestro padre?
—¡No... no, señora... mi padre... no...! es aquel que esta noche... en la audiencia...
—¡Ah! —exclamó la reina, dándose una palmada en la frente—; ¡ahora recuerdo, sí, sí; ese preso es el que se llevó a aquella mujer desmayada...!
—¡Sí, ese... mismo, señora... corred a verle... por Dios... abridle la prisión para que salve a mi hermana... que el rey quiere deshon...!
La voz del infante expiró en sus labios: su cabeza cayó yerta y lívida sobre los almohadones, y sus ojos quedaron abiertos y sin luz.
—¡Ha muerto! ¡Socorro! ¡Socorro! —gritó la reina más pálida que el herido, precipitándose hacia la puerta al mismo tiempo que esta se abría para dar paso al médico del rey.
—¡Ha muerto, don Mendo, ha muerto! —repitió juntando las manos.
Aproximose al lecho el médico y puso las suyas en el pecho del herido.
—Vive, señora —dijo—, y tal vez sus heridas no sean mortales; pero necesito reconocerlas al momento.
La reina fijó la intensa mirada de sus grandes ojos azules en el hermoso rostro de don Sancho, y se envolvió en su manto.