Y volvió a aproximarse a la ventana, pero ya no pudo ver más que la espalda del preso, que desaparecía por la tortuosa escalera seguido de los soldados.

Doña Juana murmuró una corta oración a la madre de Dios para que tuviese piedad de aquel desgraciado, y siguió su camino transida de horror.

Al llegar a la cámara del herido, la vio guardada por muchos soldados que le hicieron los honores, mirándose sorprendidos de ver a la reina sola a tales horas.

Doña Juana penetró en la estancia fría y húmeda, débilmente alumbrada por una lámpara de bronce; acercose al lecho y descorrió los tapices, sentándose a la cabecera.

—¡Despejad! —dijo a los centinelas que había en los cuatro ángulos del aposento.

—Señora —se aventuró a decir uno—: V. A. ignora sin duda que el rey nos ha dado orden de no perder de vista a su señoría el señor conde.

—¡Despejad, os digo! Y si el rey os reconviene, respondedle que la reina os ordenó dejarla sola con el preso.

Los soldados obedecieron, y la joven se volvió al herido.

—¿Qué queréis de mí, conde? —dijo con dulce voz.

—Señora... —balbuceó el infante al que ya faltaba la vista y el aliento—; señora... en una prisión del alcázar... debe haber... sí; debe haber un hombre preso... un anciano...