—Os prevengo que si no calláis, voy a poneros una mordaza; la reina duerme, y aunque no fuera así, tampoco consentiría en veros a tales horas.
—¿Qué queréis de la reina, pobre joven? —dijo doña Juana dejando el umbral de la antecámara y adelantándose hacia el herido—. Aquí está para consolaros.
Y dirigiéndose a los ballesteros continuó:
—Id al torreón y colocadle en un lecho, que ya os sigo.
Los soldados prosiguieron su camino, a través de las anchas galerías, mal alumbradas por alguna que otra lámpara, y la reina volvió a su aposento. Echó sobre su blanco traje un largo manto de seda azul recamado de oro, y después de mandar a sus damas que la esperasen hasta su vuelta, se dirigió sola al torreón.
Doña Juana pensaba encontrar alivio al dolor que la afligía en la buena acción que iba a practicar: era noble, sincera y piadosa hasta el extremo. Viviendo sin otro amor que el de sus hijos, porque ya hemos dicho que no amaba al rey, solo aquel tiernísimo afecto podía libertar a su corazón apasionado de sentir un gran vacío: aquella joven dotada de un talento distinguido, de una colosal imaginación y de una sensibilidad exquisita, pasaba la primavera de su vida haciendo castillos en el aire, o entregándose a peligrosos ensueños que hacían más amargo su despertar.
Sin embargo todavía se consideraba feliz, porque su orgullo, ese noble sentimiento que, bien entendido y conducido con tacto, es el origen de todo lo bueno, no había sido lastimado: los amores del rey habían estado rodeados siempre de cierto pudor y velados a veces por un profundo misterio. Don Enrique, hasta que vio a Berenguela, le había profesado el afecto más tierno, afecto que ni aun después se desmintió un solo instante.
Pero entonces el corazón de la reina estaba profundamente herido: la desoladora escena que había presenciado aquella misma noche, había dejado en él una huella que no podía borrarse jamás.
Al llegar doña Juana al extremo de la galería que comunicaba con la escalera, oyó en el patio rumor de armas; asomose a una ventana y vio, entre un gran número de soldados, a un caballero anciano que creyó reconocer; en aquel momento, uno de los que le conducían abrió una puerta por la que salió una bocanada de aire que hizo oscilar la luz fúnebre de las teas que llevaban los soldados.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó la joven reina juntando las manos—. ¡Van a sepultar a ese infeliz en una prisión...! ¿Cuál será su delito?