El rey salió, dicho esto, escoltado por algunos soldados, y se dirigió al alcázar al tiempo que el reloj de la catedral daba las dos de la mañana.

V

Don Enrique, al llegar al alcázar, se encerró en sus habitaciones al mismo tiempo que la reina se hacía vestir por sus damas, siéndole imposible conciliar el sueño; la escena que había presenciado en el salón de embajadores había impresionado fuertemente su ánimo y afligido su corazón, por más que su amor al rey no tuviese el carácter de una pasión acendrada.

Arrodillose, pues, en su reclinatorio, y se puso a rezar las oraciones de la mañana, segura de conseguir alguna calma para su agitado espíritu; su orgullo era lo que más padecía, y todo orgullo se depone a los pies del monarca de los cielos.

Sus damas arreglaron las luces, pusieron en orden algunos objetos, e iban a salir silenciosamente para no turbarla; mas, al abrir la puerta de la cámara, se oyó una voz en la galería exterior que llamaba a la reina.

Doña Juana se levantó y escuchó atentamente, haciendo una señal a las damas para que se detuvieran: todas permanecieron inmóviles en el umbral de la regia cámara, y solo la reina salió hasta la puerta que daba a la galería.

Algunos soldados avanzaban por ella, rodeando un grupo formado por cuatro de ellos, que conducían a un caballero herido, al parecer, porque un reguero de sangre iba marcando su camino; el desdichado se retorcía entre sus brazos y gritaba con voz desfallecida y congojosa:

—¡La reina!... ¡Quiero ver a la reina!... ¡Llevadme a su cámara, por Dios!

—Vamos al torreón de la derecha —dijo el que parecía que los mandaba, sin hacer caso de las súplicas del herido—, que es donde me ha dicho don Nuño que depositemos a este loco.

Y luego añadió dirigiéndose al herido: