Don Nuño de Sandoval asomó por la galería a la cabeza de cien ballesteros, y bien pronto se encontraron cerca del rey.
—Rodead ese dormitorio con diez soldados, Nuño —dijo don Enrique señalando el camarín en que yacía Berenguela, rendida a un mortal desmayo desde que don Sancho desnudó la espada.
—¡Atrás, canalla! —gritó el conde apareciendo entre los tapices con la espada en la mano—. ¡Solo pasando por encima de mi cadáver llegarás hasta esa mujer!
—¡No le matéis! —exclamó el rey—. Desarmadle y llevadle maniatado a los calabozos de mi alcázar.
Mas el valeroso anciano blandió su espada, resuelto a perder la vida antes que consentir que llegasen al dormitorio. Durante algún tiempo, se defendió como un león furioso, mas al fin le derribó un golpe de maza que recibió en la cabeza de mano de un soldado. Cuando intentó levantarse, estaba desarmado y maniatado fuertemente.
—Conde de Carrión —dijo el rey con voz lenta—. Todos tus bienes quedan desde este momento confiscados y sujetos a mi corona, por lo que esta casa me pertenece ya; al amanecer, serán rotos tus blasones por la mano del verdugo, y a las doce te cortará la cabeza, por traidor y rebelde a tu rey.
—Y yo te juro, rey de Castilla y de León, a quien tantas veces mecí en mis brazos, que no conseguirás deshonrar a tu hermana —repuso el conde con acento firme.
—¡Llevadle! —gritó el rey.
Don Álvaro salió entre un buen número de soldados que le rodearon con sus largas alabardas.
—En cuanto a ese joven, Nuño, continuó el rey, señalando el cuerpo inmóvil de don Sancho, hazle conducir a una habitación desocupada de mi alcázar, haz llamar inmediatamente a mi médico para que le asista, y que le guarden con cuidado. Tú rodea esta casa de una buena guardia y quédate al lado de esa joven, teniendo presente que me respondes de ella con tu cabeza.