—¡Conque te llamas Enrique! —dijo sin que se notase alteración en el eco dulce de su voz—. ¿Y eres rey? ¿Y tienes esposa a quien amar?... Pero... ¿qué importa?... yo solo pido que me dejes amarte, como amamos al sol que nos ilumina, sin que él nos lo agradezca ni lo sepa siquiera... tú quiérela a ella mucho, Enrique, porque dicen que es una gran falta el que un esposo no ame a su esposa, y yo no quiero que cometas faltas por culpa mía... solo con verte seré muy feliz, porque lejos de ti me moriría.
—¿Me perdonas, amor mío, que sea rey y te lo haya ocultado?
—¿Qué es un rey? —preguntó ella posando sus manos en los hombros de don Enrique y clavándole cándidamente los ojos.
—Un rey es un desdichado a quien está vedada toda ventura; un rey es un hombre a quien casan sin amor, a quien aprisionan, a quien rodean mil ingratos, a quien privan de toda libertad; un rey es el ser más infeliz que existe.
—Pues yo te amaré más ahora que sé que eres rey; en cuanto al nombre, ¿qué me importa que te llames Florestán o Enrique?
—¡Ea, atrás ya, rey de Castilla! —gritó don Sancho, desenvainando su espada, ciego de furor y poniéndose delante de don Enrique—. ¡Paso al infante don Sancho, que guarda a la hermana que vos queréis infamar... Atrás os digo, o envaino mi espada en vuestro ruin corazón!
—¡Viven los cielos, canalla infame! ¿Hasta cuándo vais a sacar ramas del tronco soberano? ¿Pensáis que así se toma en boca mi sangre? —rugió el rey cerrando contra el infante, que paró el golpe con el brazo, recibiendo en él una profunda herida. El noble joven se horrorizó ante la idea de herir al rey, y no hizo otra cosa que defenderse harto débilmente.
Un segundo golpe de don Enrique le hizo caer exánime; la espada había entrado por el costado izquierdo, y un raudal de sangre saltó hasta el pecho del monarca.
Este retrocedió espantado hasta la puerta; mas solo un momento le bastó para recobrarse, y abriéndola gritó:
—¡Ah, de mi guardia!