Al oír aquel nombre, precipitose el rey en el dormitorio: la joven había despertado al ruido de sus voces; pero incapaz de sentarse en el lecho a causa del lastimoso estado en que la habían puesto sus pasados sufrimientos, se incorporaba sobre un brazo al entrar don Enrique en el dormitorio.

—¡Ah... ya sabía yo que vendrías, Florestán! —exclamó, mientras el rey la abrazaba con indecible frenesí.

—Mira —continuó—, ese hombre fue el que me sacó de tu casa y me trajo aquí... ¿por qué me separó de tu lado?

—Nadie volverá ya a separarte de él, Berenguela mía.

—¿No me engañas? ¿Verdad que seré siempre tuya, solo tuya? Porque yo no tenía más que a mi madre, y la abandoné por ti... llévame, llévame contigo, Florestán...

De repente, como herida por un extraño pensamiento, se echó hacia atrás y clavó sus grandes y ardientes ojos en los ojos del rey.

—¿Por qué llevabas ayer un manto de púrpura? —preguntó—. ¿Por qué te vi en la cabeza una corona de oro... y estabas sentado en aquel estrado, y por qué había una hermosa joven de largos rizos rubios, sentada junto a ti?

—Porque este hombre —dijo el conde con voz ronca— es Enrique II, rey de Castilla, y aquella joven que visteis es su esposa.

El rey no pensó siquiera en mostrar cólera al anciano, por su terrible revelación: con los ojos clavados en el rostro de Berenguela, espiaba ansioso el efecto que aquellas palabras producían.

Mas la infanta no tembló, ni su palidez tomó aumento: sus ojos, tristes y radiantes de fiebre, no se empañaron con una lágrima ni separó sus brazos del cuello del monarca.