Don Sancho velaba recostado en un sitial que había a la puerta del oratorio, y medio oculto entre los tapices; el hermoso rostro del infante estaba horriblemente pálido: diríase que en el tiempo que había pasado, desde la revelación de su nacimiento, había vivido una larga existencia de dolor y de pesares.
Ya no tenían brillo sus grandes ojos, ni color su seductora boca; fruncidas sus cejas convulsivamente, formaban una ancha cinta de terciopelo y hacían más amarga su desoladora mirada.
Al ver a don Enrique, que se precipitó impetuosamente en la estancia, se levantó, y su hermosa fisonomía se animó con una terrible expresión de ira; temblaron sus labios y aumentó su intensa palidez; pero no dio un paso para acercarse al rey, y permaneció silencioso e inmóvil.
No así el conde, que fue a situarse junto al lecho de la infanta, en actitud amenazadora: esta había hecho un movimiento, sin despertar de su letárgico y doloroso sueño.
En cuanto al rey, detúvose atónito al ver a don Sancho, porque estaba muy lejos de esperar encontrarle en aquel sitio; creíale en Burgos, en el palacio de su padre, porque para él todavía era don Fernando Garcés, hijo del conde de Carrión.
Su sorpresa, pues, al encontrarle allí, fue tan viva que solo se disipó algún tanto cuando el aguijón de los celos hirió su corazón: su mente se iluminó súbitamente, y el amor de aquel joven por Berenguela fue tan claro para él como el motivo que movía a don Álvaro a disputarle la posesión de la doncella. A su modo de ver, el conde la guardaba para su hijo único y querido, para aquel hijo a quien sabía que amaba con tan entrañable pasión que no pocas veces se había admirado de afección tan fuerte, no obstante la que él mismo había debido a su padre, el buen Alonso XI, de quien era el hijo predilecto.
En su terrible obcecación, vio también el motivo de que el anciano conde hubiere imaginado la impostura de asegurar que Berenguela era su hermana; aquel hombre, que había sido el hermano de armas, el confidente y el mejor amigo del rey su padre; que había sido casi un igual de los infantes bastardos, por haber crecido estos a su lado y haberlos tenido siempre encomendados a su guarda, quería, valiéndose de su omnímoda influencia, robar al corazón de Enrique a aquella joven, para satisfacer el corazón de su hijo; y para satisfacer al mismo tiempo su orgullosa ambición, había imaginado hacerle creer que era hermana suya, a fin de que la dotase regiamente y de que los reinos de Castilla y de León supiesen que el joven conde de Carrión se enlazaba a una infanta real.
El alma de Enrique II era noble, aunque su corazón, siempre ligero e inconsecuente, estuviese a la sazón extraviado por la profunda pasión que profesaba a Berenguela; el tejido de infamias que creyó columbrar, iluminado ya de antemano por las pérfidas sugestiones de Sandoval; el recuerdo punzante del escándalo ocasionado aquella noche por el conde, al publicar ante los embajadores su odiosa impostura, y la ruin ingratitud a la sagrada memoria de su padre que patentizaba la conducta de don Álvaro, todas estas consideraciones, en fin, exaltaron más el ánimo del rey, ya furiosamente irritado, y levantaron en su alma un huracán tan horrible que forzosamente debía arrollar cuanto se le pusiera delante.
—¿Qué hacéis aquí, Fernando? —gritó deteniéndose en frente del joven que le contestó solo con una mirada de amargo desdén—. Responded a vuestro rey, villano —exclamó don Enrique poniendo mano a la espada.
—Ya lo veis —contestó fríamente el infante—: guardar a Berenguela.