—¡No me basta! —gritó el rey ebrio de furor—. ¡No me basta, villano, porque tu ambición actual ha ahogado tu antigua hidalguía!...
—¡Ah!... —exclamó el conde, llevando ambas manos al corazón, como si hubiera recibido en él un golpe mortal. Y el infeliz anciano rompió a llorar amargamente.
Mas el rey no pudo reparar en el efecto que su cruel injuria había producido: furioso como el león encerrado en una jaula, daba vueltas por la estancia lanzando sonidos inarticulados.
—¡Berenguela! —gritó al fin—, ¡Berenguela...! ¿Dónde estás que no oyes mi voz...?
Y arrojándose casi falto de razón a la puerta de la estancia, la abrió impetuosamente, y echó a correr por las largas galerías llamando a la infanta con voces descompasadas.
—¡Deteneos...! —gritó el conde que le seguía de lejos, y que le vio pararse junto a una puerta cerrada que ocupaba el extremo de una galería. Pero era tarde: la puerta, sacudida por el frenético Enrique, se abrió de par en par, presentando a la vista el aposento de la infanta.
—¡Hola, Sandoval! ¡Mis ballesteros aquí! —gritó el rey antes de penetrar en la estancia.
Don Nuño salió de otro aposento cercano, atravesó la galería, y desapareció en la escalera, alumbrado por teas de resina.
IV
Dormía la infanta tan profundamente que no oyó entrar al rey, ni a don Álvaro. Su lecho virginal, blanco como las paredes y el pavimento de su dormitorio, estaba débilmente alumbrado por una lámpara de plata; su negra cabellera, recogida en dos gruesas trenzas, hacía inclinar hacia atrás su cabeza; pálido como un busto de mármol estaba su semblante, y solo animado por la riquísima y poblada franja de sus largas pestañas negras; su maltratada espalda y sus magullados brazos estaban modestamente velados por una almilla de finísima tela, al través de la cual se divisaba el vendaje que cubría su hombro herido; veíase en su semblante el sello de un sufrimiento desgarrador, y estaba tan descolorida como la triple diadema de perlas que ceñía su frente.