—¿Quieres hacerme creer que un padre abandona a su hija, sin darle una seguridad para el porvenir?

—Don Alonso no abandonó a su hija, confiándola a mi cuidado.

—Escúchame, Álvaro —dijo el rey, haciendo un violento esfuerzo para serenarse—: basta lo que has dicho para que yo desista del propósito de hacer mía a esa joven; basta, sí, el haberte oído decir que era hermana mía, para cambiar la naturaleza de mi pasión... Pero nada hay en el mundo capaz de apagarla. Ella es la única mujer que ha hecho latir mi corazón... la única que ha despertado mis pasiones dormidas... Cuando la encontré en mi camino, ya estaba próximo a desistir del propósito de apoderarme del trono de mi hermano, porque ningún monarca cristiano quería ayudarme en mi empresa; pues bien, por esa mujer doblegué mi altivez hasta pedir auxilio a la Francia; por esa mujer, sin dinero, y casi sin soldados, me propuse ser rey: sí, por ornar su frente de grandeza, ambicioné el trono de Castilla, y para conseguirlo hundí mi daga en el pecho de mi hermano. Por ella he arrostrado los remordimientos que sin cesar me persiguen, y estos remordimientos, Álvaro... ¡solo en su presencia se aduermen o se acallan!...

—¡Desdichado! —murmuró el conde de Carrión, cubriéndose el semblante con las manos.

—Sí, tienes razón, Álvaro, soy muy desdichado: no intentes, pues, quitarme el único bien que me resta... Dame esa mujer, Álvaro, dámela; yo te juro que, aunque no creo que es hermana mía, la respetaré como a la madre de Dios: ni aun mi mano tocará a la suya... Solo quiero que viva bajo el mismo techo que yo; tan solo ansío hablarle todos los días, ver cerrar sus párpados al sueño, verla despertar... beber en sus ojos la vida, y en su dulce sonrisa la tranquilidad que falta a mi conciencia... ¡Álvaro, Álvaro..., yo necesito a esa mujer!...

—Yo no puedo dárosla, señor.

—¡Vive Dios!...

—Es vuestra hermana.

—¿Quién me lo asegura?

—Mi palabra de cristiano y caballero.