Y su severa mirada se posó en don Nuño, que la sostuvo con altanería.
—¿Por qué? —preguntó el monarca, en cuyos ojos chispeaba ya la ira.
—Por razones que luego aprobará V. A.
—Salid, Sandoval —dijo el rey a su favorito, que se mordió los labios hasta hacerse sangre.
—La joven a quien esta noche di el título de infanta de Castilla, lo es efectivamente, señor —dijo el conde así que la puerta se hubo cerrado, y después de asegurarse por sí mismo de que don Nuño no podía oírle—. Es hija, como V. A., de don Alonso XI y de doña Leonor de Guzmán.
—¡Mientes, miserable! —gritó el rey, levantándose con los puños crispados y los ojos brillantes de furor, al oír las terribles palabras que acababa de proferir el conde—. ¡Mientes, sí, y tu solo designio es apartar de mí a esa mujer, que te juro ha de ser mía!
—Berenguela es hermana de V. A., señor, y por la memoria de su padre os juro yo también que jamás será vuestra manceba.
El rey y el anciano conde se encontraron en pie, frente a frente, en actitud amenazadora y lanzándose miradas iracundas.
—¡Pruebas de lo que dices! —murmuró don Enrique con voz sofocada.
—Ninguna existe: vuestro padre me confió la infanta, fiando solo en mi honradez.