—Esta honra no debe ser nueva para ti, Álvaro, porque sabes que te la he concedido muchas veces —dijo el rey con dulce gravedad—; además, el caso que ahora motiva mi visita es harto importante también, y yo hubiera dejado a un lado toda clase de consideraciones, aun cuando no te amase como te amo.
—Ya sé yo que, en otro tiempo, me amaba mucho V. A. —dijo el conde con ternura, y fijando en los ojos del monarca los suyos humedecidos.
—Hoy te amo lo mismo, Álvaro, créeme: tu quebrantada salud te impidió permanecer a mi lado, pero hoy, que la creo recobrada, vengo a rogarte que vuelvas a él.
La frente de Sandoval enrojeció de ira, en tanto que la de don Álvaro brilló con un rayo de dicha.
—¡No volverá a ocupar sitio tan alto, por quien yo soy! —murmuró el primero.
—¡Dios os bendiga, señor! —exclamó el segundo con toda la efusión de su alma.
—Pero antes, Álvaro —continuó el rey—, antes es preciso que me aclares un terrible misterio que en vano me afano por comprender. ¿Dónde está esa joven que sacaste desmayada de mi alcázar esta noche?
—Cerca de nosotros, señor.
—¿Por qué le diste el título de infanta de Castilla?
—Permítame V. A. —dijo el conde—, que no le conteste hasta que estemos solos.