—En efecto —murmuró el rey—: si hay trama aquí, debe ser colosal, porque no se toma en boca como quiera la sangre real de Castilla.
El silencio no volvió a interrumpirse, hasta que ambos personajes llegaron a una casa de gran apariencia, situada cerca de la plaza mayor.
—Aquí es, señor —dijo don Nuño deteniéndose y preparándose a llamar—. Esta casa tiene todas las señas que me ha dado el escudero de don Álvaro.
—Llama pues, y ya sabes lo demás.
Sandoval sacudió fuertemente el aldabón, y a poco, una voz vigorosa preguntó desde adentro:
—¿Quién va?
—Dos caballeros que desean ver al conde de Carrión para un asunto muy importante —contestó don Nuño.
Notose que se alejaba la persona que había preguntado, y un instante después volvieron a sentirse pasos próximos; la puerta se abrió, y dos escuderos precedieron con bujías a don Enrique y su privado, hasta la estancia del conde.
Este se levantó cortésmente para recibir a su visita, y a una seña suya desaparecieron los servidores. El rey se despojó del manto y del sombrero, imitándole don Nuño, y ambos mostraron sus fisonomías al conde.
—¡Ah, señor! —exclamó este—, ¡cuán grande merced me hace V. A. dignándose honrar mi casa!