—Espero que sí, señor —contestó el interpelado—: llamaré yo, y creo que el conde de Carrión nos recibirá, a pesar de que siempre nos hemos odiado recíprocamente.
—¡Por Dios, que si no aclaro pronto este misterio, voy a volverme loco, Sandoval! —exclamó el rey con doloroso acento.
—Yo ayudaré a V. A., señor: según mi pobre inteligencia, no hay aquí misterio alguno; el ambicioso don Álvaro, que reinó absolutamente en el ánimo de vuestro padre, brama ahora de furor porque no domina del mismo modo a su hijo; pero su rabia no le ofusca hasta el extremo de impedirle urdir alguna trama que le conquiste el puesto que ambiciona.
—Sin embargo, Nuño, el conde era el mejor amigo de mi padre, y tiene dadas pruebas de que no es ambicioso, como tú le llamas; cuando murió don Alonso, en vez de hacerse partidario de don Pedro para medrar, vino a mis tercios, y defendió bravamente mi causa, aunque yo, pobre y errante, nada podía darle; más de una vez he tenido que recurrir a sus rentas, en medio de mi escasez, y su bolsillo y su vida han sido siempre del bastardo desvalido.
—Es que adivinaba que el infante errante y perseguido sería antes de mucho el poderoso rey de Castilla y de León —dijo el pérfido Sandoval, evitando, con una astucia llena de delicadeza, el repetir a don Enrique el título de bastardo con que él mismo acababa de nombrarse.
El débil monarca guardó silencio algunos instantes, convencido a medias por las traidoras razones que empleaba, en daño del conde de Carrión, su actual privado don Nuño de Sandoval.
—¿Qué podía inducirle a tal creencia? —dijo al fin—. ¿Cómo podría prever don Álvaro que llegaría a ser mío el trono de mi padre?
—El conde de Carrión, señor, ha estado siempre demasiado informado de cuanto pasa en el reino para que le fuese desconocido el odio que todo él profesaba al cruel y sanguinario don Pedro; y su buen juicio le decía que, tarde o temprano, este odio acabaría por derribar del trono a vuestro hermano.
—¿Luego concedes talento, al menos, al conde de Carrión?
—Le concedo tanto, señor, que os encargo, con todas las veras de mi alma, que estéis muy sobre aviso y que no cedáis un punto ante él.