Adelantose don García con inseguro paso hasta las gradas del trono, y esperó a que el rey le entregase a Berenguela.

—¡Atrás, señor capitán! —gritó con imperiosa voz un caballero leonés que salió del grupo de los enviados—. ¡Paso al conde de Carrión! ¡Nadie más que él puede guardar a la infanta de Castilla!

—¡La infanta de Castilla! —repitió la reina con temblorosa voz, y dejándose caer en su asiento.

Entonces, aprovechándose el conde del asombro que esta revelación produjo en el rey, tomó a Berenguela en sus brazos, y atravesó con ella el salón por enmedio de la asombrada multitud.

III

Eran las doce de la noche en que Enrique II había recibido a los embajadores de las naciones aliadas; la luna, que había alumbrado la entrada de las comitivas en el alcázar, se había ocultado ya, y únicamente un sucio farolillo, que ardía ante una imagen del crucificado, daba alguna claridad a la plaza en que estaba situado el regio edificio.

Acababa de sonar la hora de las apariciones cuando se abrió cautelosamente la puerta del alcázar, y dos hombres salieron a la calle, cerrándose inmediatamente la morada de los reyes.

Uno de aquellos hombres era el mismo Florestán, que algunos meses antes vimos salir del alcázar de Burgos, en una helada tarde de invierno, y dirigirse a casa de la señora Urraca para ver a Berenguela. Llevaba el mismo modesto traje gris, y el mismo ancho manto negro que aquel día lo cubría; solo su cabeza estaba resguardada esta noche por un sombrero de anchas alas.

El otro era un personaje de elevada y robusta estatura, bigotes canos y altanero semblante; llevaba un manto gris, una gorra sin pluma, y una larga espada pendiente de un ancho talabarte.

—¿Nos abrirán, Nuño? —preguntó don Enrique a su acompañante.