Entonces sus grandes y tristes ojos se fijaron en el solio y en la persona que le ocupaba como el punto más culminante; durante algunos momentos, clavó sus miradas con indefinible afán en el rostro del monarca, que se había puesto en pie al verla entrar, y por fin se dejó caer en sus brazos, gritando con un acento arrancado a lo más íntimo de sus entrañas:
—¡¡Florestán!!...
Los nobles se miraron unos a otros, atónitos y consternados: habían adivinado quién era el amante de la desdichada niña, y cuál era la causa de su enajenación mental; habían visto a la reina levantarse ante aquella aparición, con los ojos espantados, y su fisonomía descompuesta les presagiaba que pronto debía estallar el huracán que destrozaba su alma.
En cuanto al rey, la sorpresa le había dejado inmóvil al ver entrar a Berenguela; mas al eco dulce de aquella voz, un mundo de profundas sensaciones y de tiernísimos recuerdos se levantó en su alma, y abrió sus brazos a la doncella, que reclinó en el pecho del rey la abatida cabeza.
—¿A qué has venido aquí, pobre niña? —murmuro don Enrique al oído de Berenguela.
—He venido a buscarte, Florestán... —dijo la joven con el acento débil, lento y dulcísimo que le era peculiar—, ¡te he esperado tanto tiempo!... y luego... cuando perdí la esperanza de que volvieras, creí que enviarías a buscarme y torné a esperar con paciencia... pero me sentía morir y he querido verte... ¡antes de dejar este mundo!...
Apenas se percibieron las últimas palabras de la doncella, su palidez se hizo más intensa, y quedó inmóvil y yerta entre los brazos del rey.
—¡Don García de Albornoz! —gritó la reina dirigiéndose a su capitán de guardias—: ¡quitad de mi vista a esa mujer!
—¡Sus señorías, los enviados de la buena ciudad de León! —anunciaron los camareros, levantando los tapices de la puerta, para dar paso a una brillante comitiva de arrogantes caballeros, con los blasones de León en las vestas.
—¿No me habéis oído, don García? —repitió doña Juana irguiéndose altanera al ver que el capitán permanecía inmóvil y que los embajadores de todos los países, que ya llenaban el salón, contemplaban suspensos el extraño espectáculo que ofrecía aquella mendiga en los brazos del rey—. ¡De orden mía detened presa a esa mujer!...