No bien acababa de colocarse cada uno en el sitio marcado por la etiqueta, cuando se oyó a lo lejos un confuso murmullo, mezclado con voces de mujer. Era que la guardia de la antecámara no dejaba pasar a Berenguela.
Miráronse los cortesanos haciéndose señas de inteligencia; mas el rey, absorto en acariciar a su hijo, que reía a carcajadas, no se apercibió de ello. Divertíase el monarca en golpear con su cetro las tiernas mejillas de su hijo, y el frío contacto del oro redoblaba la risa del infante, en vez de hacerle llorar: diríase que el regio niño adivinaba que aquel juguete era el signo de su futura grandeza.
Pero, al fin, creció tanto el tumulto y se percibieron tan claros los sollozos de una mujer, que el rey levantó la cabeza, y doña Juana escuchó con atención.
—Id a ver qué sucede, Hernández —dijo don Enrique a un joven gentilhombre, que salió al instante.
Mas aún no había tenido tiempo de llegar a la antecámara, cuando se oyó la severa voz de Álvar Pérez de Guzmán, capitán de guardias del rey.
—Yo os mando que la dejéis pasar —gritó con acento que no admitía réplica—. Hace once meses que S. A. me dio terminantemente esa orden, y yo ni olvido ni contravengo jamás las órdenes del rey.
El murmullo cesó, y un instante después se precipitó Berenguela en la cámara real.
Venía la infeliz pálida y desmelenada; sus desnudos y heridos pies dejaban en pos de ella sangrientas huellas; sus delicadas muñecas estaban enrojecidas por los bruscos estrujones de los soldados, y su espalda, que pudiera servir de modelo para una Venus, estaba macerada y llena de manchas cárdenas, muestra clara de los golpes con que la habían maltratado; en su hombro izquierdo se veía una ancha y profunda herida, que, por su forma particular, atestiguaba haber sido hecha por una daga.
Solo el semblante se conservaba puro, hermoso, sublime: aquella criatura, arrojada así en medio de aquella regia magnificencia, entre aquellos torrentes de seda, luz y pedrería, parecía el ángel del dolor, enviado por Dios para advertir a los grandes de la tierra lo engañoso de los goces mundanos.
Berenguela llegó al centro del salón de embajadores y no se inmutó, ni dio muestra alguna de asombro; tendió su vista por toda la estancia, y dio algunos pasos más hacia el grupo que rodeaba el trono, el cual estaba situado en el extremo de la cámara que daba frente a la puerta de entrada.