Enrique II recibió a los cortesanos con su grata y benévola sonrisa, a pesar de su tardanza: estaba sentado en el solio, y vestía un riquísimo traje de ceremonia; su túnica de púrpura, larga hasta la garganta de sus pequeños pies calzados con borceguíes de brocado bordados de oro, estaba bordada igualmente en su derredor de riquísima pedrería, y sujeta con un ceñidor de oro; llevaba el manto real prendido en el hombro derecho con un broche de diamantes, y su corona era de una riqueza deslumbradora.
Sentada junto a Enrique II estaba su esposa, vestida con un suntuoso traje de seda y oro, y recogidos sus rubios cabellos en una redecilla de corales, que remataba, junto a la frente, en una corona de oro y pedrería.
Ya que hemos hecho el retrato del rey cuando enamoraba a Berenguela bajo el fingido nombre de Florestán, digamos algo de la reina, de esa bella y virtuosa princesa, tan injustamente olvidada por casi todos los historiadores.
Llegaría apenas doña Juana a los veinte años: era de estatura más bien baja que alta, y de formas delicadas y esbeltas; la pura y suave blancura de su semblante oval estaba animada por sus grandes ojos azules y límpidos que brillaban bajo los tendidos arcos de sus cejas pobladas, sedosas y de un hermoso color castaño; sus cabellos, también castaños y abundantes, estaban peinados en gruesas trenzas, y se escapaban por debajo de la red en numerosos rizos; formaba su boca un arco de coral, y su nariz parecía robada al rostro de una estatua griega.
En su bella y simpática fisonomía solo se descubría el sello de la más dulce bondad, cuando estaba tranquila; no obstante, el orgullo era la pasión dominante en el alma de aquella joven, y al más leve choque, chispeaban sus ojos, encendíanse sus mejillas, y su frente se cubría de un subido carmín.
Sabía que don Enrique se había casado con ella por razones de estado, una de las cuales fue el deseo de procurarse el auxilio de su padre don Fernando Manuel, poderoso señor, que más de una vez le libró de las asechanzas del rey su hermano, y aunque a la sazón solamente contaba doña Juana doce años, no se escaparon a su perspicacia las miras del infante al unirse a ella.
La hija de don Fernando Manuel, retirada en uno de los castillos de su padre desde el día de su casamiento, no pensó en su esposo durante los tres primeros años de su matrimonio: mas al cumplir quince, su orgullo de mujer y su dignidad de princesa se rebelaron, y escribió a don Enrique que quería reunirse a él. Sabido es que, al ir a donde su esposo la esperaba, cayó en manos del rey don Pedro, y que este la retuvo en su poder hasta que uno de sus camareros se la robó, seducido por el oro de don Enrique, y la acompañó hasta Aragón, donde se hallaba el infante.
Poco tiempo después volvió a separarse de ella por el nuevo giro que tomaron los negocios políticos. Doña Juana permaneció en la corte de Pedro IV el del Puñal, y en vano todos los magnates de Aragón rindieron un tributo de amor a su belleza: la condesa de Trastamara, que ya había dado a luz al infante don Juan, se mantuvo fiel a su esposo, escudada por su austera virtud, no obstante su tierna edad, y permaneció en Zaragoza hasta la muerte de don Pedro I de Castilla. Entonces marchó a Burgos para asistir a la coronación de su esposo por rey de Castilla y de León; mas aunque sospechaba todas las intrigas amorosas, en que tan fecunda fue la juventud de don Enrique, y aun llegó a saber algunas con certeza, no le habló, a fuer de mujer orgullosa, de ninguna de ellas, y siguió amándole, no con pasión, pero sí con el tranquilo cariño que siempre le había profesado; además, nada sabía de los amores de Berenguela, que era realmente la única mujer, inclusa la suya, que había logrado conmover hondamente el corazón del versátil Enrique II.
Perdónesenos esta digresión, necesaria para dar a conocer algún tanto a la reina de Castilla en el momento de presentarla a nuestros lectores, y volvamos a ocuparnos de la cámara real.
A la derecha del rey estaba en pie un rico-hombre, que tenía en los brazos al infante don Juan, vestido de gala.