—No la dejarán pasar —dijo otro noble—; pero sigámosla de cerca: esa pobre niña me interesa.

Los nobles siguieron a Berenguela y se detuvieron observando en el patio primero, donde, en efecto, ya la habían detenido los primeros guardias del rey.

II

Los cortesanos no quisieron avanzar, a fin de que su presencia no embarazase a los soldados.

—Se acabó —dijo uno al ver que el coloquio entre estos y la joven se prolongaba—; de ahí no pasa.

No fue así, sin embargo: quitose la doncella su riquísima diadema, y la mostró a los soldados diciendo algunas palabras; a la vista de aquella joya, se apartaron, abriéndole paso y pudo llegar hasta la suntuosa escalera, tapizada e iluminada.

Allí había otra guardia: Berenguela presentó la diadema que conservaba en la mano, y pasó también, llegando hasta el peristilo. Su talismán le abrió paso igualmente por enmedio de los soldados, escuderos y pajes que llenaban las galerías y que la miraban asombrados.

En el momento en que Berenguela ponía el pie en la primera antecámara, el reloj del alcázar dio lentamente las nueve de la noche: el eco de los clarines y atabales que retumbó en los patios se confundió con las últimas vibraciones de la campana, y anunció a los nobles que habían llegado las embajadas, y que estaba abierta audiencia.

Consternados los cortesanos por haber faltado a la etiqueta, aceleraron su marcha y penetraron en la cámara real, a fin de rodear el trono antes que llegasen los embajadores, que ya subían la escalera.

Berenguela los vio pasar uno a uno tranquilamente, y siguió en pos de ellos, abriéndole paso su corona de perlas.