—Un hombre que me amaba mucho, y a quien yo amo con toda mi alma.
—Para estar loca —dijo un obispo—, habla con demasiado concierto.
—¡Loca! —repitió Berenguela estremeciéndose—. ¿Verdad que no estoy loca, señor? ¡Oh, decidme, por Dios, decidme todos que no! ¡Loca, loca! Mi madre aseguraba que lo estaba, y por no perder la razón, a fuerza de oírselo decir, huí de Burgos... y ahora en los tres días que voy recorriendo todas las calles de Toledo en busca de Florestán, las gentes que me ven ¡me llaman también la loca, me persiguen y me maltratan...!
—¡Pobre joven! ¿y a dónde os dijo Florestán que se iba?
—Él se fue con el rey de Castilla cuando salió de Burgos, hace trece meses: con el rey debe estar, y yo he oído decir que S. A. está en Toledo. ¿Podéis, buenos señores, decirme dónde vive?
—¿Quién?
—El rey.
—Aquí —dijo sonriendo y señalando al alcázar uno de los cortesanos.
—¡Ah, pues entonces aquí encontraré a Florestán! —gritó Berenguela, precipitándose hacia la puerta y penetrando en el primer patio.
—¡Buena la habéis hecho, don Nuño! —dijo González de Mendoza—: por culpa vuestra va a armarse un escándalo en el alcázar.