Muy en breve se sintió el rey tan mejorado, que manifestó sus deseos de partir; entonces la abadesa le pidió permiso para presentarle una joven huérfana que le había sido encomendada, hija de un conde navarro, rebelde a don Fruela, pero descendiente de los reyes de Navarra, y por consiguiente, parienta suya.
El rey de Asturias, que profesaba un ardiente amor a toda mujer que fuese joven y hermosa, consintió en ver a la noble huérfana en cuya busca salió la abadesa.
Ante la vista de Munia, quedó don Fruela mudo de asombro; aunque la doncella no contaba más que quince años, su hermosura era tan admirable y majestuosa que le dejó pasmado; vestía una larga túnica blanca, una toca de nevado y fino lienzo, y un largo manto como la túnica: una estatua romana no hubiera tenido, un siglo después, el continente más noble, más hermoso y altivo que aquella majestuosa niña.
—¿Cómo te llamas? —preguntó al fin el rey con mal segura voz.
—Antes me llamaba Memorana, señor —contestó la princesa con reposado y sonoro acento—; pero cuando entré en esta santa casa, tomé el nombre de la venerable abadesa que amparó mi orfandad. Llámome, pues, Munia.[1]
[1] Unos historiadores llaman Menina a la esposa de don Fruela; otros, Memorana; don Alonso el Magno, en su cronicón, la llama Munia, y la crónica general, Munina.
—¿Quieres venirte conmigo, Munia? —preguntó el rey con acento más cariñoso.
—No, señor rey.
—¿Por qué?
—Porque yo no te conozco y, aunque eres pariente mío muy lejano, debes comprender que no puedo seguirte sin menoscabo de mi honra.