—¿Quieres ser mi esposa?
—Muy de mi grado lo sería si me concedes, señor, el tiempo suficiente para que yo te ame —contestó Munia, cuyos hermosos y lucientes ojos no retrataron ni el más leve rayo de alegría al escuchar la oferta de un trono.
Fruela permaneció perplejo durante algunos instantes, y luego tornó a preguntar:
—Y si no te casas conmigo, ¿qué harás?
—Seré religiosa —contestó ella con la dulce calma que le era habitual—. Solo amándote con todo mi corazón, señor rey, seré tu esposa; pero si no lo consigo, me uniré a Dios.
El monarca salió pensativo del monasterio; mas al día siguiente volvió a él arrastrado por el poderoso ascendiente que la belleza purísima y vigorosa de Munia ejercía en su ánimo: quince después, se casó en el mismo monasterio con ella, con la cual y sus montañeses partió, pasados dos más, para Pravia, corte entonces de los reyes de Asturias.
Los navarros quedaban acuchillados y sometidos, pero también quedaban infinitas viudas y huérfanos que maldecían la crueldad de Fruela I, y compadecían profundamente a la hermosa doncella, que se llevaba unida a su destino.
IV
UNA SANTA Y UN ÁNGEL
La belleza de Munia cansó pronto al inconstante monarca, cuyo corazón duro era incapaz de albergar una pasión tierna y duradera, y cuyo carácter fiero necesitaba siempre luchar y vencer; la posesión de aquel ser enamorado, dulce y puro, no podía halagarle por mucho tiempo, y bien pronto buscó más arduas conquistas en las esposas, hermanas o hijas de sus condes.