Para interesar el corazón de Fruela y fijarlo, era necesario que la mujer, a quien momentáneamente prefería, fuese virtuosa, de intachable fama y que estuviese unida a otro hombre con los lazos sagrados del matrimonio o del amor; la mujer libre, por muy bella que fuese, rara vez le merecía una mirada, y si consintió en hacer su esposa a la princesa huérfana, fue por la resistencia que encontró en ella a corresponder a sus amores hasta santificarlos con la bendición de un sacerdote, y porque creyó que su carácter arrogante y altivo le daría ocasiones de ejercitar su dureza.
Pero Munia, como toda mujer que vive dominada por una pasión vehemente, tornose para su esposo dulce como una paloma: mirábase en sus ojos anhelando leer en ellos sus más leves deseos para satisfacerlos: espiaba con afán su sonrisa; salíale al encuentro cuando volvía de caza, y adivinaba con el instinto amante de su corazón cuándo iba a sufrir, mucho antes de que sufriese.
A semejante carácter no podía escaparse la primera muestra de hastío o frialdad del objeto de su amor.
Munia devoró la primera y otras cien, pero las absorbió en su corazón juntamente con el llanto que hicieron brotar: sin perder nada de su amor, su carácter noble, arrogante y altivo había vuelto a recobrar la energía, que la pasión enervara sin destruir.
El nacimiento de un hijo le infundió esperanzas: creía la inocente que el amor de su esposo hacia ella renacería al verla revestida del sagrado título de madre; mas en vano esperó día tras día una prueba de cariño. Es cierto que el rey se alegró en extremo de tener un hijo que heredase su corona; también lo es que le hizo poner el nombre de su padre, que para él era de buen agüero; pero después no pensó más ni en la madre ni en el hijo y volvió a entregarse a sus escandalosos amores.
Por aquel tiempo llegaron a Pravia los infantes Bimarano y Aurelio, hermanos del rey, los cuales no conocían a la esposa de Fruela: acababan de arrojar a los árabes de las fronteras de Galicia y volvían cubiertos de gloria y cicatrices, aunque ambos eran de muy corta edad, pues Bimarano apenas llegaba a veinte años y Aurelio solo contaba dieciocho.
La belleza de estos jóvenes era extremada, y en particular la de Bimarano no tenía igual: no podía mirársele sin sentir una admiración profunda, y en aquellos tiempos supersticiosos dábase por muy seguro que estando encinta la reina Ormesinda de su hijo Bimarano, y hallándose un día muy afligida a causa de las infidelidades de su esposo, se le apareció un ángel de parte de Dios y le dijo que, para recompensarla de lo que sufría, iba a dar a su hijo una belleza como jamás se vería en el mundo.
La hermosura del infante era, en efecto, prodigiosa; sus ojos no tenían la expresión común de la raza humana; parecían infiltrados de una luz celeste, y su boca, al sonreír, prometía un porvenir inmenso de gloria inmortal.
Su carácter era casi tan bello como su figura: dulce, paciente y dotado además de un generoso corazón y de un valor a toda prueba, fue bien pronto Bimarano el ídolo de toda la nobleza gallega y asturiana, despertando en el alma de Fruela los más feroces y bárbaros celos.
Aurelio era el retrato vivo de su padre Alfonso el Católico: tenía, como él, esa hermosura austera y varonil que se advertía también en Fruela, aunque alterada por los desórdenes y por las fatigas de la caza; empero su carácter difería mucho del de su augusto padre, participando más bien de la dureza y crueldad de el del rey su hermano; como Fruela, era valiente hasta la fiereza, y tenía, como él, instintos sanguinarios y duro corazón; su fe, no obstante, era inviolable, sus afecciones sinceras y su lealtad sin límites; todos los amores de su vida se hallaban concentrados en Bimarano, de quien jamás se había separado, y cuya natural dulzura era lo único que podía templar su carácter irascible.