Al ver a Munia, brotó en el corazón de Aurelio un sentimiento desconocido: la espléndida hermosura de la reina encendió en su pecho el volcán de la pasión primera, pasión que debía ser voraz, terrible en su alma juvenil y enérgica.

No bien se apercibió de sus sentimientos, corrió a participárselos a Bimarano; pero este con dulce firmeza le aconsejó que no alimentase culpables esperanzas ni destruyese la paz de la conciencia de la reina, único bien que podía consolarla en medio de los dolores que el desvío de su esposo le hacía sentir.

Aurelio, dócil como un niño a la voz de aquel hermano, a quien tanto amaba, encerró su pasión en lo más íntimo de su pecho, haciendo penosos esfuerzos para ahogarla; mas en vano se lanzó a esta desesperada lucha, porque no consiguió otra cosa que avivar el fuego que le abrasaba, y la serena mirada de Bimarano se apartó horrorizada más de una vez del fondo del corazón de Aurelio, donde estaba acostumbrado a leer como en un libro abierto, convencido de que el fatal amor que este concibiera, se hizo incurable al dejar la blanca senda de la adolescencia por el camino sembrado de abismos de la juventud.

Bimarano, el hermoso, el apacible joven amaba también: la hermana del conde de Cangas, señor de Cangas de Onís, había hecho una profunda impresión en su alma, y el mismo día en que le declaró su amor y obtuvo la seguridad de ser correspondido, pidió al rey permiso para casarse.

Don Fruela no tuvo entonces por conveniente otorgar su consentimiento a tal enlace: conocía a la hermosa Sancha, y aunque no había fijado la atención en ella mientras fue libre, el día mismo en que la vio ligada a su hermano, se acordó de que era la doncella más hechicera de su corte y pensó en hacerla suya antes de darla al infante.

Declaró una parte de sus miras al conde de Cangas, y este sagaz cortesano negó la entrada en su castillo al infante, y abrió sus puertas al rey, halagado con la esperanza de medrar.

Empero, los obstáculos no extinguieron ni disminuyeron siquiera el amor que ambos jóvenes se profesaban.

Sancha, en la imposibilidad de ver a su amante durante el día, y arrastrada por la fuerza de su pasión, franqueaba por la noche una de las ventanas de su aposento a Bimarano, con quien sostenía dulces pláticas mientras dormían sus perseguidores.

Diez meses después de la noche primera en que Bimarano penetró en la estancia de Sancha, dio esta a luz un niño, cuyo acontecimiento descubrió a los amantes.

El conde hizo bautizar al recién nacido con el nombre de Bermudo, aparentando gran cólera, pero gozoso en su interior, porque el nacimiento de aquel niño aseguraba el enlace de su hermana con un príncipe real.