Por su parte, Bimarano reconoció por suyo al hijo de Sancha y consiguió del conde algunas entrevistas con ella, que tenían lugar, para que el rey no se apercibiese, en la habitación más retirada del castillo.
La pasión de don Fruela creció con la resistencia; lo que al principio había sido un solo capricho, llegó a convertirse en el amor más profundo y verdadero que sintió en su vida: al ver a Sancha madre, y por consiguiente ligada con un lazo indisoluble a su hermano, su pasión se acrecentó furiosamente y resolvió robarle su hijo, para obligarla de este modo a ceder a sus deseos.
Largo tiempo meditó este proyecto; mas un resto de piedad hacia su esposa le contenía. Munia acababa de dar a luz una niña, a la cual se puso por nombre Jimena, y que más adelante fue esposa del desgraciado conde de Saldaña.
Por fin triunfó su culpable pasión del amor que debía a su esposa y a sus hijos, y se decidió a apoderarse del infante Bermudo: mas este cruel designio fue sorprendido por Munia en algunas palabras que se le escaparon en medio del sueño, y ya se ha visto que puso en salvo al niño, amparándolo en sus propias habitaciones.
El amor de Aurelio seguía mudo, pero ardiente y devastador; la reina nada sospechaba de él, y el infante, sin atreverse a romper el silencio, sufría los tormentos de un condenado.
Únicamente Adosinda se conservaba dulce y tranquila entre aquella lucha desenfrenada de pasiones. Era el ángel bajo cuyas blancas alas iban todos a buscar la paz: ella consolaba a sus hermanos, que la amaban con entrañable afecto, enjugaba el llanto de la reina, dormía a Alfonso y a Jimena en su regazo con sencillos cantos, y hasta el mismo Fruela encontraba en ella consuelos, porque, en presencia de aquel querube de bondad y mansedumbre, se calmaban las borrascosas tempestades de su alma.
Adosinda conocía los amores desgraciados de Bimarano; la culpable pasión del rey hacia Sancha, la amiga de su infancia, y los dolores de la reina, a quien amaba como a una hermana; pero ignoraba completamente el amor de Aurelio a Munia, porque el príncipe respetaba tanto el candor y la santa inocencia de su hermana, que había ocultado cuidadosamente delante de ella hasta la muestra más leve de su insensata pasión.
Era un secreto que solo sabían Dios, Bimarano y Aurelio.
V
LA MUJER FUERTE