Poco tardó la reina en recobrarse del desmayo ocasionado por el terror que le había producido la horrible escena que describimos al final de nuestro capítulo segundo; desprendiose de los brazos de Aurelio, que con la cabeza abrasada y el corazón palpitante, ya no tenía fuerzas para sostenerla, y se encaminó a su habitación haciendo una seña al infante para que la siguiera.

Obedeció este, y pocos instantes después se encontraban ambos en la cámara de la reina, guardada por dos soldados de aspecto rudo y cubiertos de acero.

La reina se dirigió a un extremo de la cámara y abrió una puerta disimulada en los tapices; tras de ella apareció otra pequeña estancia en la cual penetró Munia con Aurelio, y cuya puerta cerró este a una indicación de aquella.

En el fondo del aposento y durmiendo sobre un reducido lecho, hallábase un niño de pocos meses, abrigado con un ropón de seda: era hermoso, de fisonomía dulce e inteligente, y sus rizos castaños cubrían una parte de su blanco y suave rostro.

Inmediato al lecho, velaba un anciano montañés con una jabalina preparada y un arco montado: su aspecto decidido y arrogante decía bien claro que estaba allí para defender al niño y que no se lo dejaría arrebatar sin oponer una temeraria resistencia.

—¿Ha llegado alguno a la puerta, Antar? —preguntó la reina al montañés, que al verla con el príncipe había echado a la espalda la capucha de lana burda de su sayo.

—Solo la princesa Adosinda, a la cual dejé pasar por no oponerse a ello tus órdenes, señora —contestó el anciano.

—Está bien; mi muy amada hermana puede entrar aquí.

La reina tomó a Aurelio por la mano sin notar el estremecimiento que, al contacto de la suya, agitaba la diestra del príncipe, y se aproximó con él al lecho.

—¿Amas mucho a tu hermano, Aurelio? —le preguntó mirándole con fijeza.