—Mucho —contestó el infante con voz firme y sin desviar los ojos del semblante de Munia, no obstante sentirse desfallecer con su mirada.
—¿Será tan grande ese amor que te anime a salvar a su hijo, sin temor a la cólera del rey?
—Sí —volvió a contestar Aurelio con entereza.
—¡Sálvale, pues, hermano! —exclamó la generosa reina, de cuyos ojos brotaron dos gruesas lágrimas—. ¡Sálvale, y Dios te otorgue el premio de tan noble acción!
Munia oprimió entre las suyas las manos del infante, que se apoyó en la pared para no caer.
—Salvando a ese inocente —continuó la reina señalando al niño—, libras a tu hermano y a tu rey, que es mi esposo, de cometer un odioso crimen. ¡Sí! —prosiguió en voz baja y temblorosa al ver al montañés retirado a una respetuosa distancia—. ¡Sí! ¡Librarás al padre de mis hijos de un crimen odioso, porque o matará a esta desgraciada criatura para vengarse de los desdenes de su madre, o cuando menos le hará pasar su vida en una prisión!...
Calló la reina inclinando la cabeza, como si el horror que aquellos pensamientos le inspiraban aniquilase sus fuerzas; mas pocos instantes después levantó de nuevo su frente pálida y serena.
—Parte a Navarra, Aurelio —dijo poniendo en los brazos del infante a la pobre criatura, que a la sazón estaba dormida—; ve al monasterio de Jesús y confía este niño a la superiora de parte mía: cuando estéis libres su padre y tú de la acusación de conspiradores que sobre vosotros pesa, id a buscarle allí, porque por ahora y mientras no salga de su inocente niñez, sería difícil encontrar un asilo más seguro para él.
El príncipe recibió al niño y le abrigó con el mismo cuidado que hubiera podido emplear su madre.
—Este niño es sagrado para mí desde el instante en que tú me lo entregas, señora —dijo apoyando sus labios en la diestra de Munia—; si su padre le falta, otro no menos amante ha de encontrar en mí.