Al decir estas palabras, hizo una seña al montañés, que le abrió una estrecha puerta situada enfrente del lecho y que estaba practicada en una bóveda de piedra, que sostenía uno de los ángulos del castillo real.

—Vuelve pronto para salvar a Bimarano y a Sancha —murmuró la reina al oído del príncipe, que ya se deslizaba por una dificultosa escalera formada por las mismas rocas.

Munia le siguió con los ojos hasta que le vio desaparecer en las sombras de la noche; luego cerró la puerta y volvió a dejar en su pebetero de encina la tea con que había alumbrado al príncipe.

En seguida se quitó sus zarcillos de diamantes, despojos de la guerra arrancados por don Fruela a una sultana árabe, y se aproximó al anciano montañés.

—Toma, mi buen Antar —le dijo presentándoselos—: yo quisiera tener otra prenda de más valor con que recompensar tu fidelidad, pero esto es lo mejor que poseo.

El montañés dio dos pasos hacia atrás y una lágrima empañó el brillo salvaje de sus ojos, casi cubiertos por cerdosas y blancas cejas.

—Guarda tus diamantes, señora —dijo con voz alterada—; yo, aunque soy muy pobre, recibo sobrada recompensa con la dicha de haberte servido: solo otra... añadió en voz baja y con vacilación, solo otra te pediría... si me atreviese.

—Pide, pide, Antar —exclamó Munia.

—¡Que me permitas, señora, besar la orla de tu manto!

—¡Ah, el manto no! —exclamó la reina, de cuyos grandes ojos brotó un caudal de lágrimas—: ¡toma, toma mis manos!