Munia tendió sus manos al anciano Antar que se arrodilló besándolas con adoración.

—¡Gracias, Dios mío! —exclamó después—; ¡gracias por haberme concedido besar la mano de una santa!

—Desde hoy, Antar, estás a mi servicio —dijo la reina—: cuidarás de mis hijos y me acompañarás a todas partes. Sígueme.

El anciano dirigió al cielo una ardorosa mirada de gratitud y siguió a la reina como un sabueso viejo y fiel sigue a su antiguo amo.

VI

UNA MUJER SIN CORAZÓN

Algunos días después de la noche en que Aurelio salvó al hijo de su hermano de la cólera del rey, se encontraban Sancha y Adosinda en la habitación de la primera.

La hermana del conde de Cangas era más hermosa que la infanta, pero no se advertía en ella la expresión de pureza que hacía que Adosinda se asemejase a un ángel: por el contrario, ardía en sus negros y rasgados ojos el fuego de las pasiones, y su tez, aunque blanca, límpida y hermosa, era mate y sin transparencia, signo seguro de una naturaleza sensual.

Su estatura era apenas mediana y sus formas redondas y torneadas; leíase en su marmórea frente la arrogante firmeza de su alma; en sus negrísimas y pobladas cejas, una gran frialdad de corazón; y en sus labios finos y un tanto hundidos en sus extremos, toda la ambición y disimulo de su carácter.

Sancha de Ribadeo había amado con pasión a Bimarano porque la sublime hermosura del infante había sido lo único que hiciera latir su corazón helado hasta que le vio, a pesar de que contaba veintidós años; su carácter ambicioso encontró además ventajoso un enlace con un príncipe real; mas cuando, por la oposición del rey, se convenció de que esta alianza era irrealizable y supo la causa de aquella, no quedó en su corazón más que el amor sensual que la belleza del infante le inspiraba, y se borraron de su mente las ideas de matrimonio, que poco antes acariciara.