Por más que yo crea en la virtud de la mujer; por más que la haya defendido en mis escritos, y que esté dispuesta a defenderla siempre; por más que yo profese a esa hija del cielo un amoroso culto, sé que en todas las épocas ha habido mujeres culpables y capaces de cometer mayores infamias que los hombres más depravados. La mujer que no alberga bastante sensibilidad de corazón para precaverse del demonio tentador del orgullo; la mujer que se deja dominar de la ambición; la que no doma sus pasiones —tan fuertes cuanto débil es su organismo— con el freno sagrado de la religión, correrá de abismo en abismo y quizá dejará manchada de sangre y crímenes la senda tortuosa de su vida.

La joven condesa de Ribadeo tenía al nacer un corazón en el pecho; pero perdió a su madre cuando apenas despuntaba la luz de su razón y careciendo también de padre desde antes de nacer, quedó bajo la tutela de su hermano Eurico, joven de veinte años y entregado a todos los vicios.

Sancha creció en medio de báquicos festines y de escenas de impúdicos amores. Aunque Eurico la amaba mucho, no se cuidó de buscar una mujer que velase por ella, ni vio el inconveniente de que fuese servida por escuderos ni más ni menos que él: limitábase a mandar que atendiesen a la pequeña condesa con preferencia a él mismo, y de este modo fomentó la soberbia arrogancia que Sancha heredó de su madre, y que una mano previsora y tierna hubiera podido ahogar en su germen.

Cuando la niña cumplió doce años, sabía de memoria el vocabulario amoroso que los hombres de armas de su castillo empleaban con las zafias montañesas, y hubiera sido difícil hacer asomar el rubor a sus mejillas ni aun con las palabras más groseras. Eurico, por otra parte, orgulloso de su belleza y de su gracia juvenil, la hacía asistir a los licenciosos festines que, después de una partida de montería, daba a sus amigos y mancebas, y ni las báquicas canciones, ni el chocar de los vasos, ni el estallido de los besos, ni todo el infernal estruendo de la orgía hacían alterar la límpida blancura del rostro de la noble doncella.

Como debe suponerse, no faltarían amadores a la joven Sancha, aun antes de salir de la niñez; pero su natural fiereza salvó su virtud, y entre los insolentes y desenfrenados jóvenes que la rodeaban, no hubo uno solo que pudiera jactarse de haber tocado ni aun el extremo de sus dedos.

Como fiel historiadora, debo decir, sin embargo, que ni uno solo tampoco pensó en pedir su mano a pesar de su hermosura, su nobleza y su opulencia; el hombre ha sido el mismo en todos tiempos, y pocos había entonces, como ahora, que fiasen su nombre y su honra a una mujer cuyo recato y virtud andaban en lenguas, por más que reuniese las más halagüeñas y seductoras ventajas.

Poco, en verdad, importaba esto a la condesa: sabía que era bella hasta lo imposible; que tenía un gran título enteramente independiente del de su hermano, cuyo condado era además tributario del suyo, y que hubiera desdeñado hasta de aceptar por estribo, para montar en su blanca hacanea, la rodilla del más noble y rico de sus numerosos amadores.

Cuando cumplió catorce años determinó emanciparse de su hermano y habitar sola uno de los castillos de su propiedad, eligiendo para morada, entre los muchos que poseía, uno fronterizo, ganado a escala franca por su noble padre pocos años antes.

Eurico quedó sobrecogido de espanto al saber esta decisión: lo que su hermana iba a hacer equivalía a entregarse a los árabes, pues no distando dos millas el primer castillo de estos del que estaba dispuesta a ocupar la atrevida niña, debía suponerse que no titubearían en arrollar la fortaleza de la cristiana, llevándose a su bella señora al harén del califa.

Pero en vano Eurico expuso a Sancha todas estas razones; en vano le hizo presentes todos los riesgos a que se exponía.