—Si me cautivan —contestó—, si me llevan a Córdoba al harén del califa, yo le obligaré a que se case conmigo y seré la sultana de occidente.

—¡Hermana! —exclamó Eurico, cuyo semblante se cubrió de un subido carmín—. ¡Hermana mía! ¿Puedes olvidarte de que has nacido cristiana?

Sancha se encogió de hombros con indiferencia: ni siquiera sabía lo que era ser cristiana; bien es verdad que nadie se lo había explicado tampoco.

Entonces conoció el conde a dónde podía arrastrar a su hermana el natural bravo e inculto que él no había cuidado de dirigir ni dominar: ciego de dolor corrió a Cangas, y echándose a los pies de Alfonso el Católico, le rogó que interpusiese su mediación para impedir tamaña locura.

Aquel buen rey le consoló y le dijo que volviese a su castillo; algunas horas después que él llegó una litera, escoltada por guardias del rey, y seguida de otra en la que iban dos damas ancianas de la servidumbre de la reina. El capitán de los guardias sacó de su vesta un pergamino enrollado y sellado con el sello real, y lo presentó a la condesa que lo leyó rápidamente.

Mandábasele en él partir a Cangas inmediatamente, por estar nombrada dama de la princesa Adosinda, niña de muy corta edad.

—Di al rey y a la reina que yo no quiero ser dama de su hija, ni servir a nadie —contestó volviendo la espalda al mensajero.

—Entonces, señora, no tomes a ofensa el que te conduzca en mis brazos a tu litera —contestó el anciano capitán—, porque tengo orden de llevarte de grado o por fuerza.

—¡Eso no! —exclamó Sancha echándose hacia atrás—: ¡primero morir, que consentir que tus feas y callosas manos toquen a la condesa de Ribadeo!

Y envolviéndose en su manto, salió serena e impasible sin abrazar a su hermano que, llevado de su ciego cariño, partió en seguimiento de su litera.