La dulce y amorosa Ormesinda recibió a Sancha como la más cariñosa madre; pero apartó de ella todo lo posible a la princesa su hija: el nombramiento de dama, hecho en favor de la condesa, era solo honorario, pues apenas veía esta a Adosinda, que permanecía siempre junto a la reina.

En el castillo real fue en donde la joven condesa adquirió las primeras nociones de religión y de virtud; pero su corazón, naturalmente duro y viciado además por perniciosos ejemplos, se mantuvo cerrado a las santas máximas que Ormesinda se esforzaba por infiltrar en él: la viva inteligencia y el perspicaz talento de la joven debían, sin embargo, sacar algún fruto de aquellas lecciones, y el fruto fue proporcionado a la bondad de la tierra donde la mano piadosa de Ormesinda sembraba la semilla. Sancha adquirió una profunda y sorprendente hipocresía y aprendió a revestirse de las formas de la virtud de una manera tan perfecta, que engañó no solamente a la cándida y santa reina, sino también a su hermano, lo cual era algo más difícil, por lo bien que la conocía.

A la muerte de Alfonso el Católico y de Ormesinda, acaecidas ambas con cortos meses de intervalo, volvió Sancha al lado de Eurico sin conocer apenas a los infantes huérfanos, porque Fruela guerreaba contra los infieles en las fronteras de Galicia, y Bimarano y Aurelio, además de ser niños, habitaban el extremo opuesto del real castillo.

El conde de Cangas asistió con su hermana a todas las fiestas de la coronación de Fruela I; y cuando el nuevo rey fijó su corte en Pravia, la proximidad del castillo real con el que habitaban Eurico y Sancha hizo mayor la intimidad de ambos jóvenes con el rey y sus hermanos.

Adosinda, en particular, se acogió a la amistad de Sancha con el más tierno entusiasmo: la pobre niña se hallaba aislada desde que había perdido a su madre, y su dulce corazón se volvió entero a la condesa, porque ella le recordaba los serenos y apacibles días de su infancia.

Sancha, por su parte, le pagaba su cariño en cuanto permitía su corazón helado y egoísta, y es seguro que jamás profesó a nadie tan apasionado afecto como a la infanta.

Llegó por fin un día en que la llama del amor penetró en su alma, alumbrándola no con la luz purísima que derrama en las almas privilegiadas, sino con un resplandor desconocido: la hermosura de Bimarano la deslumbró, y sus dulces y apasionadas palabras hicieron latir su corazón con una fuerza insólita; pero ya hemos dicho que no bien conoció los designios del rey renunció a unirse con su hermano, anidando solo en su pecho el amor sensual, único durable en su pervertida naturaleza.

Poco, pues, tuvo que hacer el infante para triunfar de la virtud de Sancha: cuando dio esta a luz a su hijo, ni uno solo de los músculos de su rostro se animó con una expresión de dicha; supo que su hermano se había apoderado de él sin derramar una lágrima, y cuando Eurico entregó el niño a Antar para ponerle bajo la salvaguardia de la reina Munia, ni siquiera pidió que le dejasen imprimir un beso en su frente, ni se informó de cuándo le volvería a ver.

A pesar del amor que Eurico profesaba a su hermana, su indignación fue viva y profunda al advertir en ella tanta dureza: resolvió guardar aquel niño, que era una prenda de alianza con la familia real, y para ello no halló medio más seguro que encomendarlo al cuidado de la reina, aparentando además, sin embargo, favorecer la pasión que el rey don Fruela alimentaba por Sancha.

Cuando Bimarano, en la fuerza de su desesperación, arrebató a la condesa del castillo, los dos hermanos obraron según sus designios: Eurico creía así libre a Sancha de la culpable pasión del rey, y, persuadiéndose de que estaba sinceramente enamorado del infante, pensó que el mejor medio de apresurar la unión de los dos jóvenes era no oponerse a su fuga. Pero el decoro de su nombre le obligó a salir a la poterna de su castillo a la cabeza de sus hombres de armas, no sin dejar antes lugar a los fugitivos para que se alejasen.