Por lo que hace a Sancha, fingió acceder a las apasionadas súplicas de su amante y se dejó llevar sin resistencia; mas su propósito era negarse después obstinadamente a su enlace con Bimarano y escribir al rey poniéndose bajo su amparo. Para ella no era nada que el infeliz y leal príncipe pagase su amor con la prisión y la muerte; su genio infernal había columbrado una corona y un ataúd, en el cual dormía el sueño eterno la noble esposa de don Fruela I; más de una vez, cuando iba en los brazos del infante, durante su desesperada fuga, había llevado sus manos a la frente como para cerciorarse de que podría sostener la diadema real de Asturias y Galicia.
Pero al verse cercada de mortíferas jabalinas, cuando por una caída de su amante logró Eurico, aunque bien a su pesar, llegar hasta ellos, quedó desmayada, porque aquel demonio no carecía, para ser más tentador, de la debilidad que hace tan atractiva a la mujer.
VII
ÁNGEL DE LUZ Y ÁNGEL DE TINIEBLAS
Sentada Adosinda enfrente de la condesa de Ribadeo, tenía cogida una de sus manos y clavaba en su semblante sus grandes y hermosos ojos azules. Sancha, por el contrario, miraba con indiferencia la pendiente montaña sobre la cual se asentaba su castillo, y sus fogosos y apasionados ojos negros vagaban inciertos por los picos de las rocas que algunos días antes, y en medio de las tinieblas de una medrosa noche, había saltado Bimarano llevándola en sus brazos.
Los sitiales de entrambas estaban colocados junto a la ojival ventana de la cámara de la condesa, y el sol moribundo de la tarde, resbalando por los espesos y lucientes rizos negros de Sancha, hacía brillar los fúlgidos destellos de algunas sartas de gruesos corales que se enredaban en ellos.
Un brial rojo, de lana fina como la púrpura de Alepo, se plegaba en derredor de su talle robusto y voluptuoso descubriendo su redondo cuello y la mitad de sus torneados brazos, blancos y puros como apretada nieve.
Su boca pequeña, y de labios finos y delicados, era más roja y fresca que el coral que fulguraba en sus cabellos; su nariz recta y también pequeña se dilataba a cada aspiración, como absorbiendo el aire que parecía preciso a su seno alto, palpitante y tentador.
La infanta, vestida con una larga túnica blanca y ceñidos sus rubios cabellos, que se recogían en riquísimas y apretadas trenzas, con una banda azul, se asemejaba a una visión angélica.
Un suave sonrosado, comparable al matiz de una rosa blanca, cubría sus mejillas, cuya nitidez tenía algo de diáfana: su boca suspirante no ostentaba el lascivo carmín que vestía los labios de Sancha, y su puro y rosado arrebol la hacía más dulce e inocente.