La hermosura de la condesa, ataviada de púrpura, era un tanto siniestra e infernal; la belleza de Adosinda, velada por su blanco ropaje, era celeste y santa.
En el instante en que presento las dos jóvenes a mis lectores, fijaba la primera sus rasgados y hermosos azules en el semblante helado e impasible de Sancha, al mismo tiempo que estrechaba su mano entre las suyas con tierno cariño.
—Sancha, amiga mía —decía la infanta con su voz dulce y juvenil—, prométeme que irás conmigo esta noche a la prisión donde yace mi pobre hermano para que siquiera tu presencia pueda consolarle.
—Ya te he dicho, señora mía, que eso es imposible —contestó la condesa mirando serena y fríamente a Adosinda.
—¡Imposible! ¡Oh, Sancha! —exclamó la infanta dolorosamente—: ¡No dirías eso si conocieras el afán con que me pedía mi infeliz hermano que te llevase a verle aunque fuese solo por un instante!
—Yo no puedo verle, señora; no debo exponerme a la cólera del rey, tu hermano.
—Su cólera caerá sobre mí; no temas, Sancha: si llega a su noticia esa entrevista, yo me arrojaré a los pies de Fruela y le diré que únicamente has cedido a mis instancias. ¿No estamos además bajo la protección de la reina?
—¡De la reina! —replicó la condesa, en cuya bella y enérgica fisonomía se pintó, a pesar de sus esfuerzos, un sentimiento de odio profundo.
—Sí, de mi buena hermana... ¡si supieras, Sancha, cuánto te ama!
La condesa permaneció silenciosa y con la cabeza inclinada por algunos instantes: una persona que hubiera conocido su carácter se hubiera estremecido ante aquella inmovilidad, precursora siempre de algún proyecto cruel; pero la inocente Adosinda esperó pacientemente a que saliera de su meditación, halagada con la esperanza de verla ceder a su ferviente ruego.