Sancha levantó por fin la cabeza: brillaban sus ojos con resplandor siniestro, y en su ancha frente se veía reflejado un gozo sombrío.
—¡Iré! —dijo con voz segura—: indícame la hora en que debo estar en tu cámara, señora.
—¡Oh, gracias, gracias por mi hermano y por mí, Sancha! —exclamó la infanta estrechando amorosamente las manos de la condesa.
Y levantándose, añadió:
—Te espero en mi aposento esta noche a las once.
Adosinda abrazó a Sancha y salió acompañada del fiel Antar, que la esperaba en la puerta.
Media hora después, Fruela I, disfrazado con un sayo montañés, se encontraba en la estancia de la condesa que, sentada en sus rodillas, le refería la visita y la pretensión de Adosinda.
—¡Yo castigaré a esa imprudente niña! —exclamó el rey, rojo de furor y apretando los puños.
—¡Aguarda, señor, aguarda! —contestó Sancha con una sonrisa, helada como el filo de un puñal, pero que enloqueció aún más al enamorado monarca—. Si yo he consentido en llegar hasta la prisión del infante, ha sido porque por medio de la reina me ha amenazado con publicar mi deshonra.
—¿Cuándo?