—Hace dos días.
—¡Oh! —barbotó don Fruela con ojos chispeantes y voz sorda—. ¡Todos contra mí! ¡Bimarano, a quien he encarcelado por traidor a mi trono, y porque me roba tu amor! ¡La reina, que me parecía inofensiva! ¡Adosinda, que era a mis ojos el ángel cuyas blancas alas escudaban mi palacio! ¡Y Aurelio, que, según dicen mis condes, ha huido a alzar banderas para derribarme del solio de mi padre!...
La condesa sabía mejor que nadie que Aurelio había ido a salvar a su hijo, pero se guardó bien de decir ni una palabra al rey.
—¿Y tu hijo? —prosiguió don Fruela con furor creciente—. ¿Quién me ha robado ese niño, que era el objeto de todo mi odio, pero que al mismo tiempo me aseguraba la fidelidad de Bimarano? ¡Sancha! ¡Sancha! —continuó oprimiendo el brazo de la condesa—. ¡Tú debes saber lo que se ha hecho de tu hijo, y es preciso que me lo digas!
—Pregúntalo a su padre y a la reina, señor —contestó Sancha haciendo un gesto de indiferencia desdeñosa, no obstante que sentía prensado su brazo entre los dedos del rey—; en cuanto a mí —prosiguió—, nada sé de esa criatura, a la cual no consagro ni un pensamiento siquiera desde que me cercioré de que jamás había amado a su padre.
—¡Oh!... ¡Será posible, Sancha! —exclamó el rey soltando el hermoso brazo que estaba martirizando, y ciñendo con los suyos a la condesa—: ¡dime que no has amado a mi hermano!... ¡que te engañó tu corazón!...
—¡Yo no he amado más que a un hombre! —murmuró la condesa en voz tan baja que semejaba un suspiro de amor, y reclinando su rizada cabeza en el hombro de don Fruela de modo que los riquísimos bucles de sus negros cabellos acariciasen la mejilla del monarca.
—¡Oh! —se apresuró a decir este—; y... ¿ese hombre?... ese hombre... ¿quién es?
—¡El rey de Asturias y de Galicia! —volvió a murmurar la condesa a la vez que se rizaban sus hechiceros labios con una sonrisa burlona, excitada por el sarcasmo que estas palabras encerraban.
Ellas constituían, sin embargo, la única verdad que en toda la vida de Sancha había brotado de su boca: porque, en efecto, amaba, no a Fruela, sino al rey de Asturias y de Galicia.