El rey advirtió aquella sonrisa de inmensa ternura sin comprender su amarga burla, y besó mil veces los rizos de seda de la infernal sirena.

—Yo amo —continuó Sancha, recogiendo la anchurosa manga de su túnica y mostrando al rey su brazo redondo, torneado y blanco como el marfil, pero en el cual habían formado cinco surcos sangrientos los dedos de don Fruela—, yo amo de tal modo al hombre que ha puesto su mano en mi brazo, que hasta sus heridas me han arrobado como las caricias del amor primero.

Don Fruela besó con delirio aquel brazo magullado: cuando alzó la cabeza, corrían por sus mejillas dos gruesas lágrimas que fueron a perderse en la espesura de su barba. Aquel hombre frío y duro para el ángel que Dios le había dado por compañera, para la madre de sus hijos, amaba con locura a aquel demonio, y la pasión que le inspirara debía ser la única fuerte y poderosa de su vida. Los misterios del corazón humano han sido los mismos en todos los tiempos.

—¿Por qué, ya que tan intenso es tu cariño, no cedes a mi amante ruego? —exclamó Fruela mirando a Sancha con tristeza.

—Porque no quiero manchar por segunda vez la casa de mi hermano —contestó esta con entereza, y desprendiéndose de los brazos del rey.

—¡Déjame sacarte de ella! —gritó anhelante el enamorado monarca.

—Jamás la dejaré yo voluntariamente —repuso Sancha clavando en el rey una mirada profunda.

—¿No la dejaste por mi hermano?

—Por eso no volveré a hacerlo.

Don Fruela guardó silencio por un breve rato y pareció reflexionar. La condesa le devoraba con una mirada ávida y torva, como si quisiera leer en el fondo de su alma.