—¡Sancha! —dijo de repente el rey, levantándose y acercándose a ella—. ¿Estás decidida a ir esta noche a la prisión de mi hermano?
—¡Sí! —contestó la condesa con voz sombría, al mismo tiempo que radiaba en sus ojos una expresión de gozo—. ¡Sí, iré! ¡No quiero que publique mi deshonra al cobrar su libertad!
—¡Quizás no la cobre nunca! —murmuró don Fruela en voz muy baja, pero que, sin embargo, llegó claramente al oído avizor de la condesa; y luego, sacando de una vesta una llave:
—Toma —dijo presentándola a Sancha—: esta es la llave del calabozo de Bimarano. En vano la buscaría Adosinda, porque la guardo yo: ve a verle y consigue saber de él el paradero de tu hijo.
La condesa echó los brazos al cuello del monarca, y murmuró un ¡adiós! melancólico y tierno, que se confundió con el rumor de un beso.
El rey salió de la estancia ebrio y trastornado, pero llevando impresa en sus facciones una alegría siniestra.
Sancha le siguió con los ojos y luego lanzó un suspiro de felicidad.
—¡Yo no le amo! —murmuró al verse sola—. ¡Oh, no, le aborrezco por su brutal fiereza! ¡Pero ostenta una corona y su brillo deslumbra mi vista y conmueve mi helado corazón!
Al decir estas palabras, se aproximó a una mesa y roció con bálsamo las heridas de su brazo.
Mientras tenía lugar la escena precedente, Adosinda había contado a la reina su entrevista con la condesa. Cuando Munia oyó que consentía en ver a Bimarano, brilló en sus ojos una lágrima de ventura.