—¡Bendita seas, hermana mía! —exclamó abrazando amorosamente a la princesa—. ¡Bendita seas tú que haces tanto bien! ¡Yo os acompañaré a Sancha y a ti a la prisión del infante, y mi presencia os servirá de escudo si os amenaza el enojo del rey!

VIII

LA SANGRE EN LA FRENTE

Las once y media de aquella misma noche señalaba la luna clara y serena, brillando en el ancho firmamento, cuando la reina Munia entraba en una espaciosa cámara del castillo real, precedida del anciano y fiel Antar, que la alumbraba con una tea; un instante después entraban también en ella Adosinda y Sancha, envueltas en largos mantos negros.

Antar sacó un gran manojo de llaves, que llevaba pendiente de la cintura, y abrió una puerta, apareciendo una escalera tortuosa, estrecha, abierta en la roca viva, e iluminada con una tea colocada en una estaca fija en la pared; el anciano, obedeciendo a una señal de la reina, bajó el primero.

—¿No era mejor cerrar esta puerta, señora? —dijo Adosinda a la reina.

—¿Para qué? —contestó Munia—. Nadie puede venir por aquí.

Ambas bajaron la escalera precedidas de Antar, y Sancha las siguió sombría y silenciosa.

Al final de los mohosos peldaños, se veían dos anchas puertas de hierro, y la comitiva se detuvo junto a una de ellas.

—¿No me has dicho que tenías la llave del calabozo, Adosinda? —dijo la reina dirigiéndose a la joven.