—Aquí está, señora —contestó esta sacando una que presentó a la reina, y echando a la condesa una mirada de inteligencia.
Sancha, por no comprometerse a los ojos de la reina, había entregado la llave, que había recibido del rey, a la infanta, sin que esta en su inocencia se hubiese detenido a pensar de qué manera se la podía haber procurado.
La reina dio la enorme y enmohecida llave a Antar, y no bien este abrió la puerta, se encontraron todos cara a cara con el preso.
El infeliz príncipe había conocido por el eco de las voces a las personas que se acercaban: juzgando por su propio corazón tan amante, tan leal, no dudó un momento que Sancha, accediendo a las súplicas de Adosinda, iría a verle, y no bien se apercibió de la voz de su hermana, se lanzó a la puerta para acelerar de este modo el ansiado instante de volver a estrechar contra su pecho a la madre de su hijo.
—¡Sancha mía! —exclamó al verla, con voz temblorosa por la emoción y tendiéndole sus brazos; pero esta permaneció inmóvil y helada en tanto que la reina y la infanta sentían prensados sus corazones al solo aspecto de aquella horrible y reducida mazmorra.
Estaba abierta en la cavidad de una de las rocas sobre que se asentaba el castillo real, y no tenía más que un pequeño agujero, que transmitía aire y luz; pero era tan estrecho que, a través de él, con dificultad había podido un solo lucero recrear y animar los ojos del prisionero.
Aquel lucero, sin embargo, había sido el único consuelo del infante; aquel lucero debía estar bendito por Dios, porque resplandecía más que ningún otro de los infinitos que bordaban el ancho firmamento.
No había en el calabozo otro mueble que un gran banco de madera, que así debía servir al preso de asiento como de lecho: veíase además en un rincón un jarro de hierro lleno de agua y un enorme pan negro, que aún no había sido empezado.
Gruesas lágrimas se deslizaban de los ojos de las dos princesas, no obstante que no era ya la primera vez que bajaban a aquel sepulcro: la fisonomía ruda y leal de Antar estaba también profundamente alterada; solo la condesa permanecía helada e impasible.
—He accedido a tus deseos, señor —dijo esta en voz alta y aproximándose al infante—, he accedido a tus deseos viniendo aquí, con la esperanza de saber de tu boca el paradero de mi hijo.