Al escuchar aquel acento, frío y duro como el hierro, una generosa indignación cubrió de carmín las bellas facciones de la reina, en tanto que el blanco rostro de Adosinda se vestía de una mortal palidez.
También palideció el infante, pero dominando en lo posible su emoción, contestó con voz temblorosa:
—Yo ignoro, como tú, la suerte de mi hijo, Sancha.
El infante acababa de conocer lo que valía la mujer, a quien tanto había amado, y se abstuvo de decirle que el niño estaba bajo la protección de la reina.
—Yo quiero saber dónde se halla mi hijo —dijo fríamente la condesa, después de asegurarse con una rápida mirada de que el rey don Fruela estaba en la escalera.
—Tu hijo está en salvo, Sancha.
—¿Dónde?
—No lo sé —repuso Bimarano, cuya expresiva fisonomía se había descompuesto de una manera horrible—. Pero ¿cómo es posible, Sancha, que tan poco interés te inspire la desdichada suerte del padre de ese hijo? ¿Acaso —prosiguió temblando convulsivamente—, acaso ya no me amas?
—Nunca te amé, señor —dijo la condesa mirando siempre hacia la escalera y sin reparar en la alteración de las facciones de Bimarano, que quedó como herido de un rayo.
Sus grandes ojos negros, engrandecidos aún más por la extremada flacura de su rostro, despidieron centellas, y la sangre ardorosa de su padre Alfonso el Católico se inflamó de súbito en sus venas.