—¡Traidora! —exclamó precipitándose sobre la condesa—, ¡traidora! Ya que por ti me veo hundido en este sepulcro, ¡ven a partirle conmigo!

Y el infante, extraviado por la fiebre, que habían producido en él el hambre, el horror del calabozo y el golpe que acababa de destrozar su corazón, arrastró a la condesa al fondo de su prisión.

Sancha lanzó un grito penetrante, retorciéndose como una leona furiosa entre los brazos del infante; pero antes que expirase su voz, el rey don Fruela se precipitó en el calabozo con el puñal desenvainado.

El rey arrancó a Sancha de los brazos del príncipe. Luego cogió a este por el cuello y con horrorosa rapidez le descargó tres golpes en el pecho.[2]

[2] La muerte a puñaladas, que Fruela I dio por su propia mano al infante, su hermano, es un hecho histórico e incontestable.

Cayó Bimarano sin lanzar un gemido, pero sus ojos, empañados ya con el velo de la muerte, se fijaron en el rey.

—¡Rey... don Fruela!... —dijo con voz agonizante ya, pero honda y lúgubre, como si saliese de un sepulcro—. ¡Rey... don Fruela!... ¡Mi sangre... será borrada con... la tuya... mas hasta el día de la venganza... estará impresa en... tu frente!...

El rey llevó maquinalmente a sus ojos la diestra, que aún empuñaba el hierro fraticida, y una mancha roja se imprimió en su frente al tocarla su mano salpicada con la sangre del infante.

—¡Dios te perdone... Sancha!... ¡Adiós... hijo mío!... hermanas... ¡adiós! —murmuró Bimarano, cerrando los ojos para siempre.

Fruela tomó a Sancha en sus brazos y corrió como un loco a encerrarse con ella en su cámara.