Adosinda cayó desmayada junto a la reina, que, blanca como su manto, pero serena al parecer, la sostuvo sacándola después del calabozo con la ayuda de Antar.

Al salir de allí, un sollozo seco y profundo desgarró el pecho de Munia: sintió que las fuerzas la abandonaban y tuvo que dejar el cuerpo de Adosinda en los brazos de Antar.

El anciano condujo a la joven hasta la cámara de la reina, que les siguió como si fuera la estatua muda del dolor.

Mas, al llegar a ella, su desesperación rompió en un llanto histérico y desgarrador.

—¡Hijos! —murmuró entre sollozos—, ¡hijos míos! ¡Vais a quedar sin madre, y tenéis por padre a un verdugo maldito de Dios!...

IX

LA VÍCTIMA

Pasó la noche funesta en que Fruela I manchó su corona con un detestable fratricidio, y pasó también el siguiente día, triste y lluvioso, como si Dios, en su cólera, hubiera querido negar la luz del sol al castillo real de Pravia.

Ya extendía sus sombras el crepúsculo sobre los montes de Asturias cuando la reina salió del estupor en que parecía sumergida desde la noche anterior.

Adosinda, que al recobrar el uso de sus sentidos, había encontrado a la reina yerta e inmóvil, se apresuró a socorrerla a su vez; mas su cuidado fue inútil, y la infeliz Munia permaneció todo el día muda y exánime como la imagen del dolor.