Cerca de las dos primeras veíanse dos niños, que se entretenían en jugar sobre el grueso tapiz que cubría el pavimento.

Eran Alfonso el Casto y su hermana Jimena.

El infante contaba ya diez años, y era alto y hermoso. La princesa no había cumplido uno, y su angélica hermosura era un trasunto fiel de la de su tía.

La reina se levantó y se dirigió con lento paso a una cámara inmediata, saliendo de ella pocos instantes después con un frasco de plata en la mano.

Acercose a una mesa, y, tomando una copa del mismo metal, vertió en ella parte del rojizo licor que contenía el frasco.

Mas, al llevarle a sus labios, se detuvo, y corrió hacia sus hijos, a los cuales abrazó entre sollozos.

—Llévatelos, Antar —dijo al montañés, que inmóvil a alguna distancia la contemplaba con desconsuelo.

El anciano tomó en sus brazos a la pequeña Jimena, dio la mano a Alfonso, y salió con ellos lentamente.

—¡Señora!, ¡hermana mía! —exclamó Adosinda acercándose a la reina y juntando sus manos con suplicante ademán—: ¡no persistas, por Dios, en tan desesperado propósito!

—¡Es preciso! —contestó la reina con acento triste, pero tan firme, que fácilmente se conocía por él que su resolución era hija de maduras reflexiones—. ¡Es preciso, Adosinda! ¡Quiero desaparecer del mundo, porque no puedo ya ver con serena frente a ese hombre a quien amé tanto, y que ahora se ha convertido a mis ojos en un monstruo manchado con la sangre de su hermano y del tuyo!