—¡Pero ese hombre, señora, ese hombre es el padre de tus hijos! —exclamó Adosinda con acento ahogado por los sollozos—. ¡No te mueve a perdonarle este pensamiento!
—¡Mis hijos no tienen padre, Adosinda, ni tendrán desde hoy otra madre que tú!
—¡Y yo —murmuró Adosinda—, yo también les abandonaré bien pronto! ¿Cómo vivir en este abismo de crímenes, huérfana, sola, y sin otro amparo que ese hombre a quien tú, señora, ni aun por la fuerza de tu amor puedes perdonar?
—¡Oh, no, no! —exclamó Munia retorciendo sus manos con dolor—. ¡Vive para mis hijos, hermana mía! ¿Quién les queda si tú les faltas? ¡Tú puedes vivir, porque tu sangre no se ha mezclado con la del asesino! ¡Tú, ángel inocente, conservas inmaculada tu blanca corona de pureza! ¡Tú, lejos de maldecir a tu hermano, puedes alcanzar del cielo su perdón!... ¡Pero yo estoy maldita, como él, y toda mi raza!
La reina ocultó el semblante entre sus manos, y durante algunos momentos permaneció llorando.
El ruido que produjo Antar al aparecer en la estancia, le hizo levantar la cabeza; acercose en seguida a la mesa en que estaba la copa de plata, que contenía parte del líquido rojo del frasco, y con mano segura la llevó a sus labios.
—¡Conque no hay remedio! —exclamó Adosinda juntando las manos con profundo dolor—. ¡Oh, señora! ¡Conque te voy a perder para siempre!
—¡Sí! —dijo Antar que contemplaba impávido a Munia—. ¡La pierdes ahora, señora, pero volverás a encontrarla en el cielo!...
La reina apuró el contenido de la copa; un instante después palideció y se dejó caer desplomada en un sitial. Adosinda, presa de la aflicción más amarga, cayó llorando a sus plantas.
Pasadas cuatro horas, un jinete, cubierto de polvo y de sudor, se apeaba en lo más hondo de la quebradura de la sierra, al fin de la cual se elevaba el castillo real, como una gaviota sobre las rocas. Ató su poderoso corcel de batalla a un árbol con las cadenas que le servían de bridas, y se dirigió con apresurado paso a la vivienda de los reyes.